Luis Abreu, rumbero cubano y fundador de Los Papines

Con la muerte del músico, el único histórico del grupo que sigue vivo es su hermano Jesús.

La muerte de un rumbero se llora a golpe de tambor. La del percusionista y cantante cubano Luis Abreu, fundador de Los Papines, fallecido el 17 de abril en La Habana a los 73 años por un problema de corazón, se lloró amargamente, ya que con él desaparece el tercero de los cuatro hermanos que integraron el grupo rumbero más famoso de Cuba. Los Papines eran y son, dentro y fuera de la isla, una institución, y Luis uno de sus nombres históricos.
Nacido en una familia numerosa en el barrio obrero de Marianao, cuna de ritmos callejeros y de percusionistas de solar, comenzó tocando con un palo y una lata; hasta 11 miembros de su familia se dedicaron a la rumba. Pero fueron él y sus hermanos Alfredo, Jesús y, sobre todo, Ricardo, conocido como Papín y quien dio nombre al conjunto, los que triunfaron. En 2009, la muerte de Ricardo, el líder de la agrupación, supuso un duro golpe para Los Papines, que años antes ya habían perdido a Alfredo. Las pérdidas fueron mitigadas con la entrada de jóvenes valores familiares.
Cuando se habla de rumba y de tambores en Cuba hay dos nombres imprescindibles: Chano Pozo y Tata Güines. El primero renovó el jazz al dar vida al cubop y al jazz afrocubano, el segundo modernizó el modo de tocar la tumbadora. Los Papines eran herederos de ambas tradiciones, y combinaron como nadie la maestría de su toque con el espectáculo.
Luis Abreu comenzó su trayectoria como percusionista suplente. Su hermano Ricardo, virtuoso y carismático, había tocado con el conjunto de Félix Chapotín y llegó por el 1955 al cabaret Tropicana, cuando creó Guaguancó Papín, agrupación que en los sesenta se convirtió en Los Papines. Estos debutaron en el hotel Nacional en 1961 y desde entonces los papeles quedaron repartidos: si Ricardo era el líder indiscutido, Luis y Jesús conducían la participación del público en unos espectáculos que eran verdaderas fiestas. El repertorio era amplio: guaguancó, columbia, yambú y otras manifestaciones de la rumba, además de otros ritmos cubanos como el son y el bolero, siempre con toque afrocubano.
Luis y sus hermanos no fueron solo rumba e improvisación, también eran voz, y su formade combinar tumbas y cantos llegó a los escenarios más importantes del mundo, donde compartieron tablas con figuras como Ray Barreto, Mongo Santamaría o Tito Puente. Su discografía incluye títulos como Nunca es tarde si la rumba es buena, Los Papines siguen OK, Rumba sin alarde o Concierto en el Lincoln Center, con la Orquesta Aragón y Elena Burke. En 2001, el CD La rumba soy yo, un todos estrellas de la rumba cubana que contó con la presencia del grupo, obtuvo el Grammy Latino en la categoría de música folclórica.
Luis Abreu estuvo años vinculado a la enseñanza y fue profesor de percusión en la Escuela Nacional de Arte. Dos de sus hijos entraron a formar parte del grupo tras el fallecimiento de sus hermanos. Ahora, el único histórico de Los Papines es Jesús.

Morente, agonía y muerte de un cantaor

En 2010, el mito del flamenco ingresaba de urgencia en Madrid y 11 días después fallecía.

La familia del artista está envuelta en una guerra judicial para saber si hubo negligencia médica.

El cirujano Enrique Moreno espera que se pronuncie justicia.

Los protagonistas de este suceso pasarán a la historia por su valentía y su capacidad para innovar en terrenos tan opuestos como el del flamenco y la medicina. Enrique Morente ya tenía categoría de maestro antes de su multitudinario entierro, y su figura no ha parado de agrandarse desde entonces con sentidos homenajes, libros y discos en su honor. También Enrique Moreno, el cirujano que le operó de cáncer de esófago y al que se conoce en la profesión como “la mano de Dios”, con más de 1.600 trasplantes a sus espaldas, sigue sustituyendo hígados y páncreas a pacientes de la Seguridad Social en el hospital 12 de Octubre, actividad que compagina con la atención en su consulta privada a enfermos, que pagan cantidades que no bajan de las cinco cifras, por ponerse en sus manos. Fue precisamente en ese espacio, un piso de unos 300 metros cuadrados en la madrileña calle de Velázquez, decorado con óleos antiguos y fotos de su nueva esposa y sus hijos, donde ambos Enriques se conocieron el 2 de diciembre de 2010.
No les dio tiempo ni a ir a casa para cambiarse de ropa y preparar un pequeño neceser. Enrique Morente (Granada, 1942-Madrid, 2010) y su esposa, Aurora Carbonell, ingresaron en la clínica La Luz con lo puesto. Procedían de la consulta del doctor Moreno; el informe médico apuntaba intervención inmediata.
Y anunciaba un posible tratamiento posterior de quimioterapia. Acompañaba a la familia otro doctor, Julio García Paredes, amigo de toda la vida de los Morente, el facultativo, ahora jubilado, que había tratado al cantaor durante años de sus recurrentes dolencias de esófago en otro hospital madrileño, el Clínico. Fue precisamente en este centro sanitario donde le practicaron el 18 de noviembre la endoscopia y la biopsia que confirmó el diagnóstico: cáncer de esófago. Con el miedo en el cuerpo y la incredulidad que producen semejantes noticias, la familia pidió asesoramiento a García Paredes. Necesitaban una segunda opinión y querían al mejor médico. La información recabada por Javier Conde, marido de la hija mayor del cantaor, Estrella Morente, coincidía con los datos aportados en ese momento por el médico de la familia: el número uno de esa especialidad era Enrique Moreno.
Pionero en el trasplante de hígado y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica en 1999, Moreno (Siruela, Badajoz, 1939) echó un vistazo al resultado de las pruebas que portaban y, según relata la viuda, sin apenas levantar la vista del informe, aconsejó operar cuanto antes. Un tratamiento previo no entraba en sus opciones. En los archivos de su consulta privada se almacenan historias de cerca de 14.000 pacientes. Tiene fama de realizar cirugías radicales y de operar lo que otros no se atreven. Acostumbrado a tratar los peores diagnósticos, el médico no suele andarse por las ramas. “Tome una decisión ya y no me haga perder el tiempo”, recuerda Aurora que respondió, más o menos, el jefe de cirugía de trasplantes del hospital 12 de Octubre ante los argumentos del cantaor que, con lágrimas en los ojos, explicaba que se encontraba en plena gira, acabando una película y que se había comprometido con el embajador de Francia para recibir la insignia del título de Caballero de la Legión de Honor. En ese momento pesó más la salud y aplazó todos sus planes.
Si fuera una soleá, se llamaría la más triste: el 13 de diciembre, 11 días después, estaba muerto. “Creo que no se nos dio la información adecuada sobre la gravedad de la dolencia. De haber sobrevivido, seguramente, mi marido no hubiera vuelto a cantar”, añade la viuda. Sin embargo, esa tarde ella y su marido decidieron ponerse en manos de Moreno y partir apresuradamente para la clínica La Luz. Un día para la exploración analítica, rayos y estudio cardiológico.
El sábado 4 de diciembre de 2010, por la mañana, Morente entraba en el quirófano para ser operado de una esofagectomía subtotal con sustitución por estómago tubolizado. Tras siete horas de intervención (de 11.20 a 18.30), el enfermo fue trasladado a la UCI y extubado a las pocas horas. A las once de la mañana del domingo, Moreno exploró al paciente, que se encontraba despierto y consciente. La operación había sido un éxito y el posoperatorio no presentaba complicaciones. Por la tarde, la situación se mantenía igual. La esposa del cantaor, que no se había apartado de su lado, se movía por la clínica con las deportivas de su marido. “Todo sucedió de manera tan precipitada que tuve que recurrir a las zapatillas de Enrique, solo llevaba los tacones con los que salí de casa el jueves para ir a la consulta. Por eso, cuando la doctora Gudín, intensivista de guardia, me dijo que me fuera a descansar, que lo dejaba en buenas manos, abandoné el hospital. En maldita hora me fui”, recuerda ahora, en el despacho de Enrique Gordillo, exfiscal de la Audiencia Nacional y nuevo abogado de la familia.
Sobre lo que sucedió en las horas que siguieron a la partida de la antigua bailaora, entre las doce de la noche y las cinco de la madrugada, en la UCI y en el quirófano de la clínica La Luz, tendrá que pronunciarse el juzgado. Lo cierto es que la evolución del enfermo cambió radicalmente en ese tiempo y tuvo que ser intervenido por segunda vez. Es en este punto donde la versión de la familia y la de los médicos chocan estrepitosamente. Para el torero Javier Conde, yerno del cantaor, se trata de un caso claro de “abandono”. En pleno puente de la Inmaculada, con miles de madrileños buscando unos días de asueto, la actividad de la clínica “no debía ser la mejor para atender una emergencia. Sospecho que tardaron demasiado en operarle. Sabemos que llamaba a gritos desesperado a su esposa y que ingresó en el quirófano con el abdomen hinchado por la hemorragia interna”, argumenta el diestro. Yerno y suegra se quitan la palabra en el relato y de sus gestos se desprende desesperación y agotamiento. “Cuando llamé desde el sofá de casa a la una de la madrugada para ver cómo se encontraba, dijeron que todo iba bien”. La siguiente llamada en su móvil procedía de la clínica: “¿Cuánto tardáis, cuánto tardáis?”, creyó escuchar la viuda que le decía la doctora Gudín, antes de salir inmediatamente para el hospital. Serían poco más de las cinco de la madrugada del 6 de diciembre. La viuda de Morente, muy pálida y de luto riguroso, recuerda que, cuando regresó de madrugada a la clínica, el doctor Moreno, “con las piernas cruzadas, bata blanca y muy tranquilo”, le informó de que lo habían intervenido por segunda vez y que se encontraba en coma. “Para estimularlo nos aconsejó que le cantáramos y le habláramos al oído”.
Los fríos partes médicos señalan que, sobre la una de la madrugada, el paciente sufrió un cambio brusco con hipotensión y dolor agudo de abdomen, provocado por una hemorragia, una de las secuelas previsibles tras una intervención de esas características. El doctor Alonso, de guardia en la UCI, informó telefónicamente de la situación clínica al cirujano responsable del paciente, el doctor Moreno, que salió “disparado para la clínica”. A las 3.30 se trasladó al cantaor al quirófano. Nada más comenzar la operación, sufrió una parada cardiaca y fue sometido a reanimación cardiopulmonar. La familia sostiene que pudieron pasar casi diez minutos en esa situación, y los médicos, que recuperó el ritmo con una sola desfibrilación. Al concluir la intervención se detectó un deterioro neurológico. Un TAC craneal posterior informa de probable encefalopatía isquémica con infartos extensos.
No debió de ser una madrugada sencilla para el cirujano. Según datos del hospital 12 de Octubre requeridos por el juzgado, el doctor Moreno y un equipo de tres médicos y tres anestesistas practicaron, esa misma jornada, una intervención quirúrgica de trasplante hepático que se inició a las cero horas y concluyó a las 20.10 del mismo día 6 de diciembre, y en la que, según se especifica, a las 5.20 se llevó a cabo la incisión al paciente con número de historia clínica 4695143. En operaciones de este tipo están pautados los descansos y los relevos. “Moreno es un esclavo de su profesión y jamás abandonaría a un paciente, pero una vez operado es pedirle demasiado que permanezca a su lado las 24 horas del día. Un médico no interrumpe su vida profesional por un paciente. Lo habitual en estos casos es que el facultativo se rodee de un equipo, casi tan competente como él mismo, capaz de suplantarle en una intervención, tanto si hace falta porque necesita descansar o porque se encuentre fuera de España participando en algún congreso”, aporta un médico que conoce bien a Moreno. “Nadie puede estar en dos sitios a la vez. Tanto si participó él en la intervención como si envió a alguien de su equipo, no creo que se pueda acusar de falta de ética”.
Entre tanto, en la clínica La Luz, y siguiendo las instrucciones médicas de reanimación, Estrella Morente, con los ojos vendados por su esposo, que no quería que viera a su padre entubado y en ese estado, le cantaba cada día al oído sin observar mejoría. Le pusieron incluso a sus nietos al teléfono para que lo animasen a ver si despertaba. “Hasta en eso nos tomaron el pelo. Hubo un momento en que nos ofrecieron trasladarlo a la Seguridad Social, pero nos negamos”, recuerda el torero, que, “harto” de escuchar “buenas palabras”, decidió acudir a un abogado. Desconfiado, Conde ya había empezado a grabar con el móvil algunas conversaciones con los médicos y responsables de la clínica (las grabaciones no han sido puestas en manos del juzgado).
A través de Estrella Morente pidieron ayuda a Caco Senante, entonces miembro de la junta directiva de la SGAE, quien les puso en contacto con José Ramón García-García, aficionado a los toros y abogado de Teddy Bautista, aún presidente de la sociedad de autores. En poco más de un folio, redactado de puño y letra del abogado, se puso en conocimiento del Juzgado de Instrucción número 18, de guardia la noche del 11 de diciembre, la sospecha de una posible negligencia médica y, con el cantaor agonizando en la clínica, la policía intervino la historia clínica.
Más tarde solicitaron una comparecencia para que no se desconectara al paciente y un día después falleció. Posteriormente, la familia contrató a Gonzalo Martínez-Fresneda, abogado recomendado a la familia por el juez Garzón, muy amigo también del cantaor, quien con el procedimiento judicial en marcha dejó el proceso en manos de otro letrado. El Juzgado de Instrucción número 52, que preside Fermín Javier Echarri, decidirá si se archiva la causa o se realiza un juicio que determine si hubo responsabilidad médica.
Transcurrido casi año y medio del fallecimiento del cantaor, la polémica que originó su muerte no cesa. Se han escrito incontables páginas, cargadas de acusaciones y lamentos; cuatro abogados han intervenido en el proceso por parte de la familia, el caso ha pasado por varios juzgados y siete médicos, integrantes del equipo de Enrique Moreno, la estrella en cirugía de aparato digestivo, han declarado como imputados en una supuesta negligencia médica. Hasta ahora, el último acto de un proceso judicial que todavía se encuentra en fase de instrucción ha sido la declaración en el juzgado de la viuda y el yerno del cantaor la pasada semana. Como muchos otros asuntos en este país, las posturas son radicalmente opuestas. ¿Negligencia o “linchamiento” médico? Mientras la familia habla con todo el que quiera escucharla, el cirujano acusado espera pacientemente a que se pronuncie la justicia para dar su versión sobre los hechos: “A veces me pregunto qué hubiera hecho Gregorio Marañón ante semejante campaña de derribo”, concluye Moreno, antes de reiterar su fe en el proceso judicial y su respeto a la instrucción que se lleva a cabo.
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Adiós a Levon Helm, el latido cautivo de América

Auténtica sangre norteamericana. Resonancias míticas de una tierra bastarda, de espíritu indio, orgullo herido negro y músculo osado blanco. El sueño de un lugar bajo el sol, la supervivencia pésima del recién llegado de muy lejos. Si alguna vez América necesitó transformarse en “el sonido que hace el viento entre los matojos del camino”, como recordaba Woody Guthrie en su autobiografía, o en “el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado”, como concluía Truman Capote en A sangre fría, fue con la música de The Band, se dejó sentir con el estremecedor toque de batería y el desesperado canto de Levon Helm, fallecido ayer a los 71 años en un hospital de Manhattan, Nueva York, tras no superar un cáncer de garganta contra el que luchaba desde 1998.
Levon HelmEs el agónico adiós de un patriarca de la música norteamericana de raíces, después de que su familia anunciase el martes, a través de un comunicado, que Helm estaba “en la etapa final de su batalla contra el cáncer” y pidiese “las últimas plegarias” para su viaje. Un viaje sin retorno que, sin embargo, como las grandes estrellas, deja una de las estelas más luminosas e impactantes del firmamento de la música popular estadounidense. Un legado ya inmortal no solo porque, a día de hoy, se multiplica en casi cada canción deWilco, Fleet Foxes, The Felice Brothers, The Black Crowes o toda formación que necesita acudir a la inspiración de The Band para hallar la síntesis perfecta de los sonidos genuinos norteamericanos, sino porque, al mando de su sobresaliente carrera en solitario, Helm guardaba la esencia del mejor folk.
Nacido en Arkansas e hijo de granjeros, Helm creció escuchando los cuentos y leyendas de los indios Chickasaw a los que pertenecía su abuela, así como los sonidos rurales del blues del Delta, el country y el bluegrass de la región. A los 11 años, tras formar un dúo con su hermana, fue contratado como baterista por el músico de rockabilly Ronnie Hawkins, quien le formó y se lo llevó a Canadá donde creó su banda de acompañamiento, conocida como de Hawks, embrión de The Band. Para su cruzada de pasar del folk al rock, Bob Dylan pidió a los Hawks que le acompañasen y estos se embarcaron en una de las grandes aventuras musicales del siglo XX norteamericano, aunque Helm, harto de recibir silbidos y abucheos, estuvo fuera de la banda voluntariamente entre 1965 y 1967.
The band
A su regreso en 1968, los Hawks pasaron a llamarse The Band y, bajo el amparo delAlbert Grossman, manager de Dylan, grabaron su primer disco, Music From Big Pink, una asombrosa apuesta por las raíces en pleno auge contracultural del pop, con la psicodelia californiana y los Beatles del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Junto con el siguiente, The Band, sellaron dos obras maestras del folk-rock con himnos como The weight o The night they drove old dixie down. En palabras de Helm: “Fue nuestra rebelión a la rebelión”. Dueño de un ritmo embriagador, lleno de sentimiento, Helm fue a las baquetas para el ecléctico rock americano de The Band lo que Ringo Starr fue para el pop universal de los Beatles. Fue el corazón.

En 1976, el guitarrista Robbie Robertson dio por terminada The Band, algo que molestó muchísimo a Helm con quien tenía varios encontronazos por las fuertes personalidades de ambos. Ningún epitafio ha sido más celebrado que el que protagonizaron rodeados de amigos y admiradores como Dylan, Eric Clapton, Neil Young, Dr. John, Van Morrison oMuddy Waters durante su concierto de despedida filmado por Martin Scorsese y llamadoEl último vals. Una cinta de culto por fans y músicos pero odiada desde el primer día por Helm por el excesivo protagonismo que recibió Robertson.

Verdadero forjador de sonidos genuinos, el baterista siguió su carrera en solitario con magníficos trabajos como American son (1980). Apartado de los focos de la fama, aunque hizo sus cameos en diversas películas como Quiero ser libre, basada en la vida de la cantante country Loretta Lynn, Helm se dedicó a su familia y a tocar por placer en su casa de Woodstock. Eran las conocidas reuniones informales en su granero, conocidas como Midnight Rambles, donde tocaba junto a compañeros que le iban a visitarle como Emmylou Harris, Kris Kristofferson, Larry Campbell, Allen Touissant Buddy Miller.

En 1998, le diagnosticaron cáncer de garganta. Pasó duras sesiones de radioterapia. Lo normal hubiese sido que perdiese la voz y, sin embargo, la recuperó para plantarse en el siglo XXI dando clases musicales con álbumes excelentes como Dirt Farmer (2007) yElectric Dirt (2009). Recibió premios y el reconocimiento de todos. Estaba pletórico. Afónico pero feliz. Sabio y vitalista, era un viejo chamán. Era Levon Helm, el batería de voz rota, el latido cautivo de América.

 

Muere Dick Clark, el eterno adolescente de la cultura norteamericana

Fue un gran impulsor de la música pop con su exitoso programa ‘American Bandstand’.

El rostro televisivo de la cultura juvenil creó todo un imperio mediático del entretenimiento.

Mientras Elvis Presley se erigió como el músico por excelencia con su movimiento de caderas y Alan Freed como el más importante disc jockey desde las ondas, Dick Clark se convirtió en el gran rostro televisivo de la cultura juvenil con su programa American Bandstand. Con su imagen inmaculada de chico aplicado y atractivo, Clark, fallecido ayer a los 82 años por un ataque al corazón, fue un destacado impulsor de la música pop en plena eclosión juvenil de los cincuenta norteamericanos, trampolín que utilizó para levantar todo un imperio del entretenimiento en la pequeña pantalla estadounidense.
De nombre Richard Wagstaff Clark, comenzó su meteórico ascenso en la industria musical, antes incluso de graduarse en secundaria en el instituto, cuando se incorporó en 1947 a la estación de radio WRUN, adquirida por su tío. Se dedicó a programar música y escribir comunicados. De allí, dio el salto a WFIL, estación de radio y televisión afincada en Filadelfia, consiguiendo un espacio musical propio. A finales de 1952, se puso al frente de un programa televisivo, en sesión vespertina, llamado Bandstand, dedicado al mundo del espectáculo y la música comercial de la época. Hubiese sido otro programa más si no fuera porque, a medida que más jóvenes se lanzaban a las pistas de baile y buscaban emanciparse de los rígidos códigos morales que arrastraban sus padres y tutores desde la posguerra, se transformó en el lugar de encuentro de la juventud.
El verdadero mérito de Clark, que era un hábil presentador pero estaba lejos de ser un experto musical, fue adaptarse a los tiempos mientras supo ver el enorme potencial de la televisión. Con su sonrisa radiante y su agraciado aspecto, Clark entendió que aquellos jóvenes músicos, que estaban empezando a despuntar con su sonido híbrido de twist y R&B, siendo los favoritos de los disc-jockeys, eran la mejor apuesta para el formato juvenil que quería dar a su programa. Por su plató desfilaron Bill Haley, Chuck Berry o Elvis Presley. El éxito fue tal que la cadena ABC, que buscaba material fresco para rellenar las horas vespertinas, compró el programa y lo difundió por todo el país.
A partir de 1957, el espacio recibió el nuevo nombre de American Bandstand. Nacía uno de los programas más célebres de la televisión norteamericana, seña de identidad de la generación del baby-boom, la antorcha de hercios de la cultura juvenil y lanzadera fundamental de la industria musical que nació al amparo del rock’n’roll. Noventa minutos diarios de música ofrecida a millones de personas en todo el país. La presentación era simple: un plató y decenas de adolescentes telegénicos bailando al ritmo pegadizo del momento. Pero su influencia era innegable. El rock’n’roll, el calipso o el twist se citaban en cada nueva emisión impulsados por músicos de toda condición como Jerry Lee Lewis, Frankie Avalon, Fabian, los Isley Brothers, Chubby Checker o Sam Cooke. Como aseguró el propio Clark en una entrevista en The New York Times: “Los jóvenes tenían su propia música, su propia moda, su propio dinero”.


A los pocos meses de su difusión, la cadena ABC buscó otras maneras de explotar la popularidad de Clark. En febrero de 1958, se lanzó The Dick Clark Saturday Night Show, media hora de cantantes famosos que se presentaban en play-back. Ese espacio consiguió lo que American Bandstand hasta entonces no se había atrevido a hacer. Si bien es cierto que American Bandstand acogía los nuevos y excitantes sonidos juveniles, no llegaba a ser una gran patada en el estómago de la moral norteamericana, todavía con el tabú de la raza dominando la sociedad. Situación que cambió cuando The Dick Clark Saturday Night Show, que recorría varias ciudades, llegó a Atlanta, dentro del cinturón negro americano. El programa juntó en el plató, a ritmo de rock’n’roll, a jóvenes blancos y negros, lo que llevó a amenazas del Ku Klux Klan y la presencia policial ante el riesgo de incendio social. The Dick Clark Saturday Night Show dejó de emitirse en 1960. Pero Clark siempre fue lo suficientemente listo para reciclarse con las necesidades juveniles, llegando a saber cómo de potente era el rock contracultural para los jóvenes de los sesenta y programar a gente como Captain Beefheart.
Con American Bandstand, Clark se convirtió en una personalidad televisiva de primer orden pero también en un rey midas de la pequeña pantalla. Con más o menos éxito, se embarcó en otros programas dirigidos al público juvenil al tiempo que se metió en el mundo discográfico produciendo a diversos músicos. Precedido por su fama, se mudó a Hollywood a mediados de los sesenta y lanzó su propia empresa de producción. En Los Ángeles, nacía su imperio del entretenimiento: Dick Clark Productions. Televisión, radio, cine, ropa o restaurantes.
Sin embargo, American Bandstand no fue la única fórmula de éxito que tuvo para entrar en los hogares estadounidenses. El otro programa por el que se le recordará siempre, incluso para muchos más que por el anterior, era New Year’s Rockin’ Eve, un espacio para celebrar la llegada del Año Nuevo que estuvo más de tres décadas en antena en ABC.
Una extensa cosecha de premios y galardones, incluyendo su inclusión en el Salón de la Fama del Rock ‘n’ Roll y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, marcaron su carrera, aparte de su gran actividad empresarial en los medios de comunicación. Su mayor punto negro fue cuando en 1960 saltó el escándalo de la conocida payola, donde fue investigado por corrupción acusado de recibir dinero a cambio de pinchar o programar determinados artistas. Este escándalo acabó con la carrera de su compañero Alan Freed aunque él supo salir a flote, aun perdiendo derechos comerciales en ABC, y mantenerse en primera línea mediática. Siempre con su cara de “eterno adolescente”, tal y como fue conocido y pasó a la historia de la televisión norteamericana.

La familia de Morente declara ante el juez para que se aclare la muerte del cantaor

“Hemos venido a decir la verdad y a pedir justicia”, han dicho la viuda, Aurora Carbonell, y su yerno el torero Javier Conde.

Aurora Carbonell, viuda del cantaor Enrique Morente, y su yerno, el diestro Javier Conde, han llegado a primera hora de la mañana al Juzgado de Instrucción número 52 de Madrid para decir “la verdad” sobre la muerte del cantaor en la que, sostienen, hubo una presunta negligencia médica.
Vestidos de oscuro y acompañados por su abogado, Ignacio Gordillo, la viuda y el diestro Javier Conde, marido de Estrella Morente, han acudido a las 9.25 horas a los Juzgados madrileños de Plaza de Castilla. A la puerta de los juzgados esperaba un gran número de medios de comunicación al coincidir la hora de la declaración de la familia de Morente con la de los padres adoptivos de una supuesta “niña robada”, caso que se investiga en el Juzgado número 47.
“Hoy por fin el juez nos va a escuchar”, ha asegurado a los periodistas la viuda de Morente que, preguntada por lo que va a desvelar al magistrado, ha dicho: “Justicia, nada más que la verdad”. “Es muy duro. No se sabe lo duro que es hasta que lo pasas”, ha reconocido Aurora Carbonell.
Conde ha explicado que éste es el momento que estaba esperando la familia “para poder contar lo que hemos vivido nosotros en primera persona, lo que nos han engañado, lo que nos han ocultado”. “Hay tanta gente (…) que habla y opina sobre lo que hemos vivido. Es curiosísimo que se atrevan a opinar sobre lo que hemos vivido”, ha indicado el torero. Para el yerno de Morente, “el momento más duro ya no se va a ir de la vida”.
El juez ha citado a ambos para que testifiquen en relación a la denuncia que presentaron por considerar que hubo una presunta negligencia médica que derivó en la muerte del artista el 13 de diciembre de 2010 en la Clínica de la Luz, de Madrid.
El cantaor estaba siendo tratado de un cáncer de esófago por el doctor Enrique Moreno, premio Príncipe de Asturias en 1999, catedrático de Patología Quirúrgica de la Universidad Complutense y jefe de Cirugía General del Hospital 12 de Octubre de Madrid.
Enrique Morente falleció en la clínica de la Luz tras haber sido operado dos veces: la primera el día 4 de diciembre, y la segunda, la madrugada del 5 al 6 de diciembre, cuando experimentó un empeoramiento de su estado.
La familia Morente atribuye la muerte a una “grave negligencia médica”, sostiene que murió “desangrado”, y sospecha que el doctor Moreno pudo no estar en el quirófano durante la segunda operación. El informe de la autopsia señaló que el cantaor murió por un “deterioro multiorgánico” originado por las complicaciones sufridas en la operación para tratar el cáncer de esófago.

El theremin llora: fallece Barbara Buchholz

 

La bajista y compositora era una de las más fabulosas intérpretes de theremin del mundo.

Barbara Buchholz ha fallecido el pasado 10 de abril, a los 52 años, por causas aún sin confirmar. Esta compositora alemana estaba considerada como una de las más magnificas intérpretes de theremin del mundo. El instrumento, patentado en 1928 por su inventor Leon Theremin, es un ingenio electrónico que se toca haciendo pasar las manos entre sus dos antenas sin mantener en ningún momento contacto físico con él. Transmite un sonido misterioso y silbante que era común en antiguas películas de ciencia ficción y programas de televisión, hasta que el compositor húngaro Miklos Rozsa lo convirtió en instrumento serio en las partituras de las películas “Recuerda” de Alfred Hitchcock, y más tarde en “Días sin huella” de Billy Wilder y “Ben-Hur” de William Wyler.
Buchholz estudió flauta, guitarra, bajo y canto, y no fue hasta los años 90 que se interesó por el theremin tras tomar contacto con Lydia Kavina, nieta de Theremin y líder mundial en la enseñanza de este instrumento. Pronto se convirtió en la alumna predilecta de Kavina y colaboró con ella en 2006 en el disco ‘Touch! Don’t Touch!’ para el sello Wergo.
Buchholz recibió numerosos premios por sus producciónes ‘Tap it Deep’ (que consiste en claqué y música activados por un sintetizador  MIDI-fied), ‘Human Interactivity’ y ‘Theremin: Berlín-Moscú (junto a la videoartista rusa Olga Kumeger). Barbara Buchholz también fue la inventora del MIDI theremin, que convierte a un sintetizador en una especie de theremin ya que funciona al pasar las manos entre sus antenas, pudiéndose realizar loops y samplessin tener que tocar tecla alguna.
 

Fallece a la edad de 82 años el cantante José Guardiola

Uno de sus éxitos fue la canción ‘Di, papa’, que interpretaba junto a su hija Rosa Mary.

Famoso por su bigote y por sus versiones en español de clásicos delswing, el jazz y el rythm and blues, el cantante barcelonés José Guardiola, fallecido hoy a los 82 años, se aferró al imaginario colectivo de una generación con el tema Di, papá, de 1962, interpretada junto a su hija Rosa Mary.
Suaves cadencias musicales y letras sensibleras políticamente correctas concurrían en este tema, un clásico de la música infantil cuyo esquema se repitió tiempo después en La balada del vagabundo, uno de sus mayores éxitos en Latinoamérica.
Nacido en Barcelona el 22 de octubre de 1930, con su voz melódica, como otros muchos jóvenes con aspiraciones musicales, participó en festivales de música y fiestas populares para labrarse un nombre.
Empezó a cantar en 1949, con el conjunto The Crazy Boys, una orquesta de baile que interpretaba swing, jazz y rythm and blues. Y poco a poco se fue abriendo paso en el mundo de la música y se consolidó como uno de los artistas más relevantes de la canción española a partir de los cincuenta, con notable éxito además en Iberoamérica.
Más allá de lo anecdótico, en un tiempo en el que España vivía sumida en la dictadura franquista, las adaptaciones de este crooner español de éxitos internacionales como Mack The Knife (rebautizado como Mackie el Navaja) permearon el gusto folclórico de aquel tiempo y expandieron las miras musicales del país.
Dieciséis toneladas, adaptación del tema de los años cuarenta Sixteen tons, del cantante country Merle Travis, constituyó uno de los primeros éxitos de su carrera, que no solo reparó en latitudes anglosajonas, sino también en las vecinas Francia e Italia, como en su versión de Cuando, cuando, con la que Tony Renis participó en el Festival de San Remo.
Los años sesenta constituyeron su momento de mayor esplendor, época en la que incorporó a su repertorio Greenfields (Verdes campiñas), de The Brothers Fou; La novia, de Gloria Lasso; Venecia sin ti, de Charles Aznavour, y Volare, de Domenico Modugno.
Además, intervino en el Festival de Benidorm y en 1963 fue escogido para representar a España en el de Eurovisión con Algo prodigioso, que se celebró en Londres y en el que quedó en el puesto duodécimo.
A lo largo de su carrera grabó más de 540 canciones. Convertido en una institución musical en Cataluña, Guardiola exaltó a menudo su cuna barcelonesa y no solo popularizó temas en catalán como La primera vegadaEl vell carrer de l’aimada y Diumenge és sempre diumenge, sino que, además, figurará en la historia del club de fútbol RCD Espanyol como el autor de su primer himno, Somos españolistas.
En 1999, casi con 70 años, presentó su disco 40 aniversario, en recuerdo de su amplia trayectoria. Con colaboraciones de Joan Manuel Serrat, Dyango y Loquillo, el trabajo contenía títulos como Extraños en la noche y Mackie el Navaja.
Los funerales se celebrarán mañana en el cementerio de Collserola de Barcelona, según ha informado hoy el canal 3/24 de la televisión catalana.