Las siete vidas de los nuevos edificios

Frente a los inmuebles que la crisis ha dejado vacíos y esperan un uso, algunos emblemas arquitectónicos reinventan su utilidad

En Zaragoza, junto al puente de la Almozara, el edificio ideado para la Unidad de Montes tiene un huerto en la cubierta. El inmueble ha cambiado varias veces de uso —la propia Unidad de Montes se desmontó cuando todavía no se había inaugurado su sede— y ahora funciona como sala de exposiciones temporales. “También como centro de Estudios Medioambientales del Ayuntamiento”, cuenta su arquitecto Jaime Magén, que asegura que, gracias a su flexibilidad, el edificio se ha adaptado a los nuevos usos sin necesidad de ser modificado. Por eso, señala, el único cambio se ha dado en las cubiertas verdes: los trabajadores se han apropiado de ellas y cultivan allí tomates y lechugas. No es que un edificio construido con algo más de dos millones de euros esté justificado como pedestal para un huerto urbano junto al río Ebro, pero la versatilidad de algunos inmuebles nacidos de una planificación urbana inmediatista, caprichosa e irresponsable ofrece un lado optimista y cívico en el drama de la burbuja arquitectónica que salpica a todo el país.
La reconversión de los edificios es un clásico urbano. Históricamente se han transformado admitiendo todo tipo de usos: de iglesias a discotecas y de hospitales a museos. Piensen en la Tate Gallery de Londres —que nació de una antigua central hidroeléctrica junto al Támesis— o en el Museo Reina Sofía de Madrid, que transformó en centro de arte el hospital general de esta ciudad que Francesco Sabatini había levantado en el siglo XVIII. El Museo Picasso de Barcelona es también la suma de cinco casas de diversas épocas y la antigua Alhóndiga de Bilbao es hoy la nueva sede de una mediateca con sala de exposiciones y piscina pública en la azotea.
Esa transmutación se da en todas las ciudades con inmuebles de distintos periodos capaces de mantener no solo la estabilidad, sino también la calidad arquitectónica a pesar de los cambios. Así, lo extraño no es el cambio, lo extraordinario es que se acorten tanto los plazos de esa transformación y que algunos edificios ni siquiera lleguen a estrenarse con el objetivo con el que fueron proyectados y construidos.
Recientemente, la Cúpula del Milenio, ahora llamada 02 Arena, que Richard Rogers diseñó en Londres para dar la bienvenida al año 2000, fue recuperada. Sucedió durante los pasados Juegos Olímpicos y hace unos días ha sido el rutilante escenario de la Final Four de baloncesto en la que el Olympiacos griego venció al Real Madrid por 100 a 88.
Más cerca, en Valladolid, hay otra cúpula del Milenio. La diseñó el catalán Enric Ruiz Geli como pabellón de la Sed para la Exposición Universal que Zaragoza dedicó al agua en 2008. Entonces, costó 1,4 millones de euros. Luego pudo desmantelarse y remontarse en otro destino, junto al río Pisuerga, cuando el consistorio vallisoletano la adquirió por 12.000 euros. Hoy se utiliza para conciertos. El año pasado actuaron allí Pablo Alborán y David Bustamante y estos días lo han hecho los Hombres G. Parece que también esa burbuja ha encontrado otra vida en Valladolid.
Los edificios renacen cuando están bien diseñados. Lo que es más extraño —pero abre una vía de futuro— es que se requiera, y sea posible, una mudanza para devolverles la vida. Sin embargo, las últimas olimpiadas así lo indicaron. Y las próximas, en Rio de Janeiro, sopesan reciclar la cancha de baloncesto desmontable que los arquitectos de Wilkinson & Eyre idearon con 12.000 asientos para Londres 2012. Con todo, frente a esos escasos renacimientos, España continúa sembrada de edificios que, como en lista de espera, aguardan su oportunidad
A las viviendas adosadas se unen centros de salud, oficinas y hasta estudios cinematográficos abandonados. Muchos no han llegado a estrenarse porque no queda presupuesto público para su gestión y mantenimiento. A ese sarpullido de mala planificación se suman las grandes obras paralizadas inconclusas —no en vano, casi todas con nombre de ciudad: la de la Justicia, la del Medio Ambiente, la de la Luz o de la Cultura en Madrid, Soria, Alicante y Santiago— y todos los proyectos que, tras ganar un concurso y hacer que arquitectos y ayuntamientos incurriesen en gastos, tienen por rostro un solar vacío y por futuro una espera que se antoja interminable. Con el parque arquitectónico vacío disponible en España casi nadie se atreve a poner otra piedra.
Puede que no sea para menos. Muchas de las obras más importantes de la última década retratan la ambición ciega de antaño y la ruina difícil de reparar que atravesamos hoy, pero sería peligroso que el próximo lustro nos retratara de nuevo despistados, sin saber qué hacer con lo ya construido. Por eso, frente a ese paisaje irresponsable, algunas instituciones han optado por adaptar los inmuebles para evitar que una arquitectura tan icónica como a veces hueca termine por constituir el paisaje más revelador del presente de nuestras ciudades.
Es el caso del MUNCYT de La Coruña. Inaugurado hace poco más de un año, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología nació de un vientre de alquiler: el edificio que debía albergar el Centro de las Artes y el Conservatorio de Danza de la diputación coruñesa. Los arquitectos madrileños Victoria Acebo y Ángel Alonso ganaron el concurso para levantarlo hace más de una década: “El edificio buscaba la convivencia de dos instituciones distintas con una única gestión”, cuentan. A pesar de cuajar ese dos por uno, una vez concluido, el inmueble atravesó años de estancamiento por falta de medios hasta que la gestión pasó de local a estatal y Ramón Núñez —con experiencia en el arranque de varios museos científicos— se hizo cargo del su dirección. “No hubiéramos sido capaces de solicitar un espacio así y, posiblemente, nadie hubiera pensado diseñarlo si el primer programa hubiera sido como Museo de la Ciencia”, explica con optimismo Núñez frente a la cabina del Boeing 747 que en 1981 trasladó el Guernica de regreso a España, desde Nueva York, y que hoy es la pieza estrella de su museo.
Aunque los arquitectos lamentan que no todas las intervenciones han sido consensuadas y que la museística no tuvo en cuenta su trabajo, la versatilidad del trabajo de AceboXAlonso pudo verse cuando su edificio admitió cambiar de fachada su entrada principal. También cuando, para meter la cabina del avión, tuvieron que cortar pilares y apear vigas.
Esa flexibilidad también la está demostrando, finalmente, uno de los emblemas de la Expo de Zaragoza. Tras años sin un futuro claro, los edificios de esa muestra conforman hoy la incómoda ruina de un proyecto inaugurado el año que estalló la burbuja. En ese escenario, el polémico pabellón-puente que ideó la arquitecta Zaha Hadid por casi 70 millones de euros ha sido, por fin, abierto al público hace unas semanas.
Ibercaja se hizo cargo de su gestión y, en 2011, llegó a celebrar un concurso para dotarlo de contenido. Querían levantar sobre el Ebro un pequeño Museo de Nuevas Tecnologías que la directora de la obra social de la caja, Teresa Fernández Fortún, anunció como “apropiado para su arquitectura”. Sin embargo, dos años después el pabellón permanecía vacío y cerrado. Por eso, la entidad aragonesa ha optado por abrirlo de forma gratuita. Los vecinos pueden ahora cruzar la pasarela-mirador los fines de semana. Si no es museo, por lo menos sí es puente, y quienes atraviesan el río pueden acortar el camino que une la margen derecha del Ebro con el recinto de la antigua Expo.
No lejos de ese singular pabellón, la solitaria figura de la Torre del Agua, el edificio hueco que el arquitecto Enrique de Teresa construyó como reclamo de la Expo, ha corrido peor suerte. La Caja Inmaculada (CAI) anunció, en 2009, que se hacía cargo de esa infraestructura, donde pensaba inaugurar, en 2012, otro museo de ciencia e investigación. Lo que ocupó la torre, en 2012, fue una discoteca, temporal, que Volkswagen montó para presentar su Golf 7. Estamos en 2013 y la investigación continúa para decidir qué uso podrá dársele a una torre de 73 metros sin forjados —es decir, sin división por pisos— que costó cerca de 50 millones de euros. Mientras, se han iniciado otras pesquisas.
Hace unos días, el portavoz de la Chunta Aragonesista, Juan Martín, solicitó al Ayuntamiento de Zaragoza “que aplique los mismos criterios, sin miramientos, que sufren los ciudadanos para cobrar a la CAI lo que la entidad debe a las arcas municipales y, en el caso de que no lo haga, inicie el procedimiento que la caja seguiría con cualquier otra persona”. Martín denunciaba que, pese a haber firmado un acuerdo con la Sociedad Pública Expoagua para explotar la torre durante 20 años pagando un coste de mantenimiento anual de 1,5 millones de euros, la Caja Inmaculada no ha abonado todavía ese pago. Por eso los miembros de la Chunta exigían al Ayuntamiento un desahucio. Sin embargo, aunque la CAI sea la entidad que más desahucios ha firmado en Zaragoza ¿puede desahuciarse lo que no está ocupado? Desde la CAI responden que están “estudiando la mejor forma de resolver el acuerdo alcanzado cuando el marco económico era otro”. También señalan que hoy las demandas generadas por la crisis son otras y aseguran, además, que “nunca hemos llegado a tomar posesión del edificio ni, por lo tanto, a asumir su gestión”.
En Sevilla, otra caja de ahorros sí es protagonista de la reconversión, anterior a la inauguración, de un edificio emblemático y no exento de polémica. La antigua Torre Cajasol, llamada a ser el rascacielos más alto de Andalucía, hoy se llama Torre Pelli y pertenece al grupo Caixabank. Tal vez por eso, y teniendo en cuenta el 12% de oficinas desocupadas que soporta la capital hispalense, sus nuevos dueños hayan decidido ocupar parte de su torre de 40 plantas con la futura sede del centro cultural Caixaforum que estaba previsto construir en las antiguas atarazanas de la ciudad. Así las cosas, la entidad se ha asegurado de llevar vida a su edificio. Por eso, cuando, previsiblemente el año que viene, se inaugure ese rascacielos de 180 metros, la sede de CaixaForum en la Isla de la Cartuja llenará varias de sus plantas y evitará que la torre se convierta, después de una gestación polémica, en un nuevo edificio a medio gas.
Sin alcanzar la ruinosa suerte del aeropuerto de Castellón, que todavía aspira a poder entrar en funcionamiento, en el campo de Lérida, El Alguaire, uno de los aeródromos arquitectónicamente más singulares de los últimos tiempos, parece estancado en la falta de actividad. Su arquitecto, Fermín Vázquez (del estudio B720), asegura que diseñarlo fue para su oficina una ocasión de oro: nunca habían levantado un aeropuerto y, gracias a la experiencia, han sido invitados a varios concursos internacionales. Bromea, además, comentando que el bar de la terminal —el edificio que costó “poco más de seis millones de euros”— se ha convertido en “la cafetería más de moda en la ciudad”.
Sea como sea, lo que parece seguro es que la gente no llega hasta allí (a 15 kilómetros de Lleida) para ver despegar a los aviones. Solo hay vuelos fijos los domingos y los viernes entre Palma y Lérida. El resto del año, instalaciones de primer orden esperan a los chárter que la compañía británica Thomas Cook trae desde Manchester, Bristol o Birmingham con turistas que se acercan a esquiar al Pirineo. ¿Pagan esos esquiadores británicos los gastos de mantenimiento? En Aeroports de Catalunya señalan que todavía no, aunque aseguran que el coste de mantenimiento se ha reducido en el último año de 1,2 a 0,6 millones de euros. Un taller que en octubre de 2011 reunió en las instalaciones del aeródromo a estudiantes de arquitectura de todo el mundo para buscar nuevos usos para la terminal podría hacer pensar en otras posibilidades de futuro para ese aeropuerto pequeño, hermoso y remoto. En la Generalitat, sin embargo, lo desmienten: “Habrá más usos en el futuro, pero todos tendrán que ver con la aeronáutica”. Otro edificio icónico que espera, en España, pista para despegue.
 

Dos Mozart y un Schubert de máxima altura musical en el Teatro Rosalía

La autoridad de Zacharias interpretando Schubert al piano y la expansiva energía y soberbio control de sonido del contrabajo de Diego Zecharies fueron sólidos pilares en el quinteto “La trucha”.

El Festival Mozart ha culminado su programación de esta semana con un concierto de cámara en el que solistas de la Orquesta Sinfónica de Galicia y Christian Zacharias, artista residente de esta edición, han brindado al público excelentes versiones de un programa compuesto por obras de Mozart y Schubert, en la mejor tradición del Festival. En su primera parte, dos cuartetos de Mozart para flauta y trío de cuerdas, a cargo de Claudia Walker Moore; Massimo Spadano, violín; Francisco Regozo Miguens, viola, y David Ethève, chelo: el Cuarteto en do mayor, K 171, y el Cuarteto en re mayor, K 285.
En el K 171, el protagonismo otorgado a la flauta en el Allegro con spirito y las respuestas del violín dieron buena medida de la calidad de los solistas de la OSG, refrendada en la serenidad del tema Allegro final, cantado por la flauta de Walker Moore, y en sus sucesivas variaciones. La escritura más concertada del K 285 refrendó calidad individual y empaste de sonido y unidad de carácter y criterio estilístico.
El Quinteto para piano y cuerdas, “La trucha”, op. 114 de Schubert, tan conocido a través de memorables versiones grabadas, es una piedra de toque para grupos de cámara. La claridad y la tensión creciente de su introducción constituyeron uno de esos momentos en los que el verdadero aficionado siente ese calambre de los grandes momentos. Y el concierto de ayer fue una de ellas, sin duda: tras la calidad indudable de las obras de Mozart, la versión de Schubert que se pudo gozar en el Rosalía fue realmente de referencia. La autoridad de Zacharias interpretando Schubert al piano fue como uno de los sólidos pilares de un viejo puente de piedra sobre un río de montaña. El otro fue la expansiva energía y el soberbio control de sonido del contrabajo de Diego Zecharies, solista de la OSG.
Asomados a él, los aficionados pudimos gozar de la fuerza, la pureza cristalina y los reflejos líquidos del piano de Zacharias a lo largo de toda la partitura; de las modulaciones schubertianas del conjunto como lomos de agua sobre las rocas del sólido fondo del contrabajo; del revoloteo del violín de Spadano y del rico color de la viola de Regozo prestándoselo en el fondo de una poza a la majestad del gran pez padre, aparecido en la variación del chelo de Ethève en el cuarto movimiento. Todo, expresado con la más ortodoxa e inspirada musicalidad, hizo de la del sábado, sin duda, una tarde para recordar en la historia del Festival Mozart.
 

Un concierto vibrante cierra "Galician Connection"

El cubano Paquito D`Rivera fue la gran estrella del recital.

El objetivo de las jornadas Galician Connection de convertir a Galicia durante tres días en lugar de encuentro de músicas y culturas tuvo su punto culminante la noche del viernes con el cierre del evento en un concierto protagonizado por los músicos que tomaron parte en el evento. El cubano Paquito D`Rivera fue la gran estrella de un recital en el que los músicos demostraron su capacidad de improvisación para llevar al escenario propuestas comunes que apenas habían tenido oportunidad de ensayar. El resultado fue más que digno y la música se reveló nuevamente como ese idioma universal capaz de borrar fronteras.
Se escucharon piezas cercanas al latin jazz (D´Rivera) al tango (representado por el pianista argentino Emilio Solla) a los ritmos orientales (el indio Sandeep Das) y no faltó la música tradicional gallega que trajeron Cristina Pato, coordinadora del encuentro, Guadi Galego y Anxo Pintos, además de la aportación del percusionista Josep Vicent. Aunque los ingredientes puedan parecer difíciles de cuajar, hubo momentos en los que se demostró que con el lenguaje de la música todo es alcanzable. Una lástima que los problemas con las autoridades de inmigración impidiesen la presencia del organista chino Wu Tong.
Hubo además momentos para la emoción, como cuando Cristina Pato y Paquito D´Rivera interpretaron Negra Sombra, y también para la diversión y el virtuosismo. El fin de fiesta fue apoteósico con la subida al escenario de dos jóvenes músicos cubanos que viven en Galicia, Joaquín Martínez y Wilson Ortega, que demostraron su maestría con el clarinete y la trompeta, respectivamente. El ensayo de convertir a la Cidade da Cultura en un laboratorio cultural parece que puede ser un camino interesante para explorar.
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París de Oza, orquesta para la crisis

Nació como una parodia de la famosa formación de Noia, pero acabó desbordada por la demanda de las comisiones de fiestas con pocos recursos.

Cuando más estrangula la crisis y las comisiones de fiestas se las ven y se las desean para recaudar fondos entre la vecindad, va la París de Oza y se toma un año sabático, desbordada por la demanda de verbenas baratas. “Murió de éxito”, comentan apesadumbrados en el Ayuntamiento que los vio nacer, el de Oza dos Ríos. Pero cuando se le pregunta a la propia orquesta, esta disipa los lamentos: sus 18 integrantes solo se han tomado un año de descanso, con vacaciones de verano en familia. Y en 2013, cuando regresen, a lo mejor tienen que cambiarse el apellido por el nombre del municipio fusionado. La lista de espera para contratarlos empieza a hacerse larga, pero prometen no caer en la tentación. Este año no existen. Solo se juntaron hace una semana porque los llamaron de Luar. A Gayoso no querían fallarle. Le debían un favor.
La orquesta París de Oza nació en el Entroido de 1999 como parodia carnavalesca de la París de Noia, una de las tres formaciones con más caché de Galicia, contratada con frecuencia por las parroquias más potentes del entorno e inaccesible para las más pequeñas. Un grupo de amigos, organizados en torno al restaurante El Moderno, desfilaron con instrumentos imposibles, fabricados por ellos mismos, incluido el piano de cola y la batería, con bombo de lavadora incorporado. Después, como dice Juan Carlos Martínez, el cura (de siete parroquias de Oza y dos de Cesuras), “morreu o conto” hasta que el grupo regresó en 2008, armado ya de instrumentos auténticos. Tienen de todo, también cables y amplificadores, pero de sus teclas y sus cuerdas (incluso de sus afinadas cuerdas vocales) no sale ni una nota.
Ahora, los tres trompetistas se han puesto a estudiar música, han entrado en la banda de música de Abegondo y hasta se atrevieron con unas pocas piezas en trío durante la procesión de Semana Santa en Oza. Pero la orquesta París hace “riguroso play-back” y su público lo sabe y lo acepta encantado. “Lo nuestro es todo teatro”, informa el líder de la formación, Juan Carlos Pérez, al que muchos seguidores llaman Blas, por lo bien que emula en sus evoluciones sobre las tablas a Blas Piñón, el cantante de la París de Noia. “En Galicia no somos los únicos que hacemos play-back, pero sí somos los únicos que lo decimos”, continúa. “A pesar de esto, después de cada show la gente viene a felicitarnos y nos dice que si estamos de broma, que no se puede creer que sea todo de mentira”. Basta con ver uno de sus vídeos en YouTube para entender por qué dan el pego.
Su fama se ha extendido de boca en boca. El año pasado, tuvieron 50 actuaciones durante la temporada de verano en los más remotos rincones de las cuatro provincias gallegas. “Van polo caldo”, asegura la madre del vocalista. Lo justo para cubrir los gastos de desplazamiento, de reposición de instrumentos y de alquiler del camión escenario. Unos 2.500 o 3.000 euros, dependiendo de lo lejos que caiga la parroquia. Al final de temporada, con los escasos beneficios, se regalan un viaje de cercanías y fin de semana para los integrantes y sus consortes, en compensación por tanta ausencia estival.
“Mi familia es la que mejor lo lleva”, bromea el cura de Oza. El sacerdote empezó de bajista y luego se pasó a la guitarra eléctrica. Es en buena parte el culpable de que la París de Oza apenas toque en domingo. Las actuaciones casi siempre se conciertan en sábado, al mediodía y a la noche. El repertorio, de más de 70 temas, actualizado cada temporada (ensayan las coreografías en un local cedido por el consistorio), da para tocar hasta las cuatro de la madrugada. En el cartel anunciador, Juan Carlos Martínez aparece con su instrumento detrás de un altar revestido para la misa. Cada uno de los integrantes se presenta con algún atributo de su oficio. El escayolista, con una moldura. Los albañiles, haciendo la masa. Las amas de casa, con fregonas. El palista, con su máquina. El jardinero, con la motosierra. El matachín, con un gorrino. El funerario… “El funerario sale con una bandeja porque también es camarero”, explican. Entre tanto profesional, también había un carpintero. Pero Ramiro Fiaño ya ha cumplido los 76 y ahora está jubilado. Un mal día una máquina le rebanó un dedo, no obstante en la París de Oza es el rey de los teclados. El público jamás ha sentido un trompicón en sus escalas.
El más joven, trompeta en mano, es Ángel Pérez. Ahora tiene 12 y cuando cumpla los 13, como muy tarde a los 14, proyecta compartir escena con la auténtica París. Hace ya tiempo que los unos saben de los otros y quieren tocar juntos una noche. De hecho, Gemma, vocalista de los de Noia, es hija del escayolista (y trompetista) de los de Oza, Luis Lareo, y ahijada de Charo Vieites, una de las cantantes de la alternativa económica, más conocida por sus fans como Charo Reina. Hai pocas oportunidades de coincidir porque la comisión de fiestas que paga a los de Oza no puede aspirar a los de Noia. Casualmente, este verano, los famosos están contratados para las patronales de Cuiña, en Oza, y el Blas de pega fue tanteado. Querían juntarlos a todos. Pero ni de broma. Gayoso aparte, el año sabático es sagrado.

‘Galician Connection’ trae las músicas del mundo al Gaiás

Artistas de culturas muy diversas se reúnen durante tres días en Santiago.

Desde hoy y hasta el próximo viernes la Cidade da Cultura se convertirá en un laboratorio musical en el que artistas procedentes de países muy distintos entre sí intercambiarán ideas, experiencias y, sobre todo, mucha música que culminarán la noche del viernes con un concierto en el que pondrán en común el trabajo de estos días. El saxofonista cubano Paquito D´Rivera, el organista chino Wu tong, el músico hindú Sandeep Das, el arreglista argentino Emilio Solla y los gallegos Anxo Pintos, Guadi Galego y Cristina Pato serán los protagonistas de una iniciativa innovadora, que nace con la intención de convertir por unos días al complejo del Gaiás en un lugar de intercambio cultural y musical.
Cristina Pato, gaiteira y pianista, es la coordinadora de las jornadas Galician Connection que comienzan hoy con un foro de debate en el que participarán cuatro gestores culturales que destacan por haber puesto en marcha importantes proyectos culturales. John Fernández, productor de la APAP Conference de Nueva York, Joan Cararach, director del Festival Internacional de Jazz de Barcelona, Sandeep Das, responsable del HUM Ensemble de la India, y Antón Martínez, director del Festival Son Cuba, serán los encargados de abrir las jornadas. “Todos ellos han mostrado caminos para hacer propuestas de cultura sostenible”, señala Pato.
El jueves y el viernes el turno será para los músicos. Habrá sesiones abiertas de ensayos a las que podrán asistir las personas que se hayan inscrito a las jornadas. Además, los distintos músicos tendrán un diálogo directo con los participantes en las jornadas, ya que estos podrán solicitar encuentros de corta duración con cada uno de esos músicos para compartir los secretos de su música. Las jornadas se cerrarán la noche del viernes con un concierto en el Museo de Galicia, que abrirá por primera vez sus puertas para un evento público. Los músicos participantes mostrarán el resultado del trabajo realizado.
Pato explica que Galician Connection aspira a convertirse en una marca que identifique a la música gallega en distintas partes del mundo. Su experiencia en Nueva York, donde reside desde hace ocho años, le ha mostrado las posibilidades que presenta un mercado como el estadounidense para que la música gallega pueda hacerse un hueco y ser más conocida. “Con esta experiencia queremos que haya un intercambio entre los músicos que vienen de distintas partes del mundo y los gallegos. Se trata de que ellos nos traigan cosas de su cultura y de su tradición y se lleven algo de la nuestra. Todos los artistas que vienen tienen en común haber abierto camino de forma individual, que es lo que tenemos que hacer siempre los artistas”, apunta Pato.
Entre los inscritos a las jornadas son mayoría los nacidos en Galicia, aunque también participan personas llegadas de otras latitudes. En su mayoría son músicos aunque también hay gestores culturales. Pato considera que las jornadas deben funcionar como un “laboratorio de ideas” que, además, responde en cierta manera al espíritu con el que se creó la Cidade da Cultura que va a albergar el evento. “Llevo trabajando en el proyecto dos años y me hacía ilusión poder hacerlo en este espacio. La idea es que esto no se quede aquí sino que continúe en el tiempo porque no tendría sentido hacer una sola edición. Estoy muy expectante ante lo que puede pasar al reunir a músicos de estilos y culturas tan diferentes. Si somos capaces de compartir ideas y de crear algo juntos también demostraremos que hay un mercado para la cultura gallega en el exterior”.
Entre los músicos participantes destaca la presencia de Paquito D´Rivera, un hombre que simboliza la mezcla de influencias y culturas que caracteriza a esta iniciativa, ya que ha ganado varios premios Grammy en categorías tan dispares como clásica, cross-over o latin-jazz. Esta considerado como uno de los grandes de la música cubana.
Pato es consciente de que los tiempos de crisis que atravesamos suponen dificultades añadidas para sacar adelante proyectos culturales pero, al mismo tiempo, indica que la cultura “nunca va a desaparecer” y el pueblo será quien la sostenga. “Esta experiencia también es interesante porque va a permitirnos ver como otros han conseguido reinventarse y eso es algo que nosotros debemos hacer ahora. En realidad el proyecto consiste básicamente en juntar a seis músicos y crear algo de la nada”, añade. El público será el encargado de dar su veredicto tras el concierto del viernes.

Una sinfonía de recortes 'in crescendo'

Primero fue el disco, una crisis de soporte que la música clásica pudo sortear con mejor fortuna que el pop y el rock. Internet tardó mucho más en ofrecer alternativas a las grabaciones de los mejores sellos de música sinfónica y ópera. Pese a todo, en las oficinas de las discográficas ya no queda casi nadie. El refugio era la música en directo: los conciertos y las grandes puestas en escena operísticas salvarían el negocio. Pero no ha durado mucho. La música culta en España es una actividad subvencionada en la mayoría de casos y en época de crisis, si hay que recortar, dice el manual del político, conviene hacerlo en aquellas actividades que la gente asocie al lujo y a las élites. Miren, si no, al Liceo y los dos millones de euros que casi le cuestan un dramático ERE temporal y que han destrozado su imagen internacional.
Así que, sin ayudas (y ese problema quizá debería revisarse), muchos festivales o ciclos de música desfallecen. El último ejemplo ha sido el Ciclo de Lied de la Zarzuela y el del Liceo de Cámara en el Auditorio Nacional que Caja Madrid patrocinaba en la capital. La entidad bancaria ha reducido en un 20% su presupuesto cultural y el tijeretazo se lo llevan los apartados de difusión y programación. Se acabaron estos dos eventos tan arraigados en la vida musical madrileña. Además, se ha ralentizado hasta 2013 la reforma del flamante Palacio de la Música que se estaba remodelando en plena Gran Vía para convertirlo en un auditorio de primer nivel. Las obras se han parado hasta que no se encuentre alguna empresa que quiera asumir su gestión y programación, ya sea comprándolo o alquilándolo.

“Lo estamos pasando muy mal”, dicen en el Festival de Música Religiosa de Cuenca.

La Orquesta Nacional de España (ONE), durante una actuación en el Auditorio Nacional.
La Orquesta Nacional de España (ONE), durante una actuación en el Auditorio Nacional.

Los festivales, que durante años han puesto en el mapa a pequeños municipios españoles, sufren ahora más que nadie. Sus ingresos dependen principalmente de patrocinios y aportaciones de administraciones públicas (diputaciones, ayuntamientos y comunidades autónomas). Caja Madrid (ahora Bankia), por ejemplo, era también un importante patrocinador de la Semana de la Música Religiosa de Cuenca. Su marcha consiguió paliarse con la entrada de Caja Rural. Pero llovía sobre mojado: ya había perdido el 10% que aportaba la desaparecida Caja de Castilla-La Mancha y han caído en picado las subvenciones de las que depende un evento que este año celebra su 51ª edición y que ha visto reducido su presupuesto en un 40%.
“Lo estamos pasando muy mal. Se han suspendido todos los pagos de las aportaciones. Estamos pendientes todavía de las del año pasado. Si hay voluntad de todos los implicados, no se tendrá que suspender”, explica su directora, Pilar Tomás, sin descartar completamente que el festival pudiera cancelarse. “La voluntad es continuar, sanear al máximo… Pero puede haber un puñetazo encima de la mesa. Yo estoy trabajando en la continuidad, el arraigo que tiene este festival en la ciudad hace que todos tengamos ganas de seguir”, señala Tomás.
Tampoco hay dinero en las arcas públicas para convocar audiciones y renovar plazas en las orquestas que quedan vacantes o para sustituir a directores salientes. Habrá que aplazar el sueño de poner algún día a las orquestas españolas a un primer nivel. La sinfónica de Valencia solo tiene ya en plantilla a 55 de sus 91 músicos. Detrás de Lorin Maazel se fueron algunos de sus mejores intérpretes.
Trabajadores del Liceo de Barcelona protestan frente a las puertas del teatro.
Trabajadores del Liceo de Barcelona protestan frente a las puertas del teatro.

En Madrid, la Orquesta Nacional de España (ONE) sigue sin nombrar a un director titular que sustituya al saliente Josep Pons. “Ese tema no es prioritario”, manifestó el secretario de Estado, José María Lassalle, en una entrevista hace dos semanas. Sus palabras han sentado como un tiro entre los músicos, que confiaban en el nuevo proyecto y, en muchos casos, esperaban que se regularizase su situación laboral. La frase de Lassalle permite formarse una idea de por dónde van los tiros en la administración respecto a la música clásica. La ONE tenía ya atado al joven director alemán David Afkham, uno de los músicos con más proyección de Europa en este momento. Pero el adelanto de las elecciones frenó esta operación, que difícilmente podrá llevarse ya a cabo. “Está abortado”, señaló Lassalle. Una lástima.
En el otro lado de la trinchera, los agentes y promotores se quejan a diario del dinero que les deben las administraciones. “En algunos casos, el retraso acumulado es de dos años. Es imposible seguir trabajando así. Hay algunos sitios, como Galicia, donde el problema es especialmente sangrante”, revela un promotor de música clásica. También se esfuman muchos de los abonos de los ciclos más importantes de música sinfónica. Ibermúsica, por ejemplo, ha perdido 400 abonados en los últimos tiempos y su creador, Alfonso Aijón, se encomienda a la inversión privada para salir del atolladero. “Confío en la futura ley de mecenazgo y en la entrada de patrocinadores para poder sobrevivir”, asegura. Su homólogo en Barcelona, Josep Maria Prat, creador de Ibercamera, cree que “el futuro pasa por la coproducción y la inversión de los papeles de publico y privado”.
Enrique Subiela, figura importante de la música clásica en España, representante de artistas como Lang Lang, Gustavo Dudamel o Cecilia Bartoli, resume con mucha claridad la situación de la música en España en este vídeo sobre los recortes en la música. Para él, “la música clásica ha vivido en este país una burbuja como la inmobiliaria” y ahora se encuentra al borde del colapso. Hubo un tiempo en que cada ciudad construyó su propio auditorio, quiso tener su orquesta y traer a los mejores solistas y directores. La fiesta se acabó y toca pagar los recibos. Pero no hay forma posible de hacerlo. Muchos agentes como Subiela se han plantado y urgen a las administraciones que paguen lo que adeudan. En cualquier caso, como dice este representante, se trata de un mundo y un negocio, tal y como los conocíamos hasta ahora, en “demolición”.
FUENTE: El País
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